Cada día me sorprende más la estupidez que atesoran muchos de los que salen en nuestra televisión. En no pocas ocasiones he lamentado la casi total ausencia de personajes realmente brillantes, inteligentes, cultos y admirables. Es un fenómeno que sorprende, especialmente por las cantidades de dinero que manejan las televisiones, que no dudan en premiar con enormes sueldos a unos cuantos idiotas, cuyo trabajo podría ser realizado por la mitad de dinero por otros idiotas similares. Allá cada cual con lo suyo. La noche del sábado fue, en lo televisivo, bastante entretenida. Hice zapping buscando a alguien realmente brillante hablando de Eurovisión y me fue imposible encontrarlo. En TVE intentaron dar un toque filosófico a su post-Eurovisión con la presencia de Juan Adriansens. Raffaella Carrá, que sin duda desconocía por completo al personaje, lo presentó como un intelectual, escritor, filósofo y pensador de lo más influyente. La catadura moral y la categoría del personaje quedaban en evidencia por su sola presencia en el programa, rodeado de Loles León, Boris Izaguirre, José María Íñigo y demás personajes televisivos en paro.
El filósofo Adriansens sacó pecho tras la presentación de Carrá, y se quiso hacer el interesante toda la noche, colocándose por encima de sus contertulios, inconsciente ante su pasado, ante el esperpento que le rodeaba y ante su propia absurda figura. Ahí estaba el intelectual Adriansens justificando el éxito de los representantes de Europa del Este por su gran historia musical, y criticando al Chiki Chiki, que ahora es la moda. Tan moda es que hasta ha merecido un editorial hoy en El Mundo, de los peores que se recuerdan… Luego volveremos a ello.
Al mismo tiempo que Adriansens daba lecciones de pensamiento, en Telecinco, en La Noria, se anunciaba una buena tormenta. “Rusia vapulea a la España del Chiki Chiki” presumía uno de sus carteles, totalmente objetivo, nada sesgado. Abría el programa con uno de sus debates políticos de bajo nivel con María Antonia Iglesias, Enric Sopena, Miguel Ángel Rodríguez y demás fauna. La gloria, vamos. Insultaron un poquito a Rajoy, a Zapatero, a Losantos, a Pedro J. e incluso a Aznar. Al final, se empezaron a faltar los unos a los otros. Que si “eres un ignorante”, que si “no lees nada”… Dejaron sobre la mesa las mayores verdades de la noche, ante la presencia de Jordi González, que también va de intelectual y que tampoco tiene abuela. Desde que presenta la gilichorrez de La Noria se le ha subido todo a la cabeza. Es gracioso verle intentar contínuamente demostrar lo culto que es. Si alguien dice “Munich”, él dice que está en Alemania. Si alguien dice “Beethoven”, él no dejará de subrayar que era músico, que quede claro que él lo sabía, que a él le sonaba.
El caso es que luego llegó el turno de hablar de Eurovisión. También invitados de lujo esta vez, con expertos como Urdaci, Jimmy Giménez Arnau (especialmente maleducado, cerdo y salido incluso para ser él) o Las Supremas de Móstoles entre otros. En esta ocasión no hubo ni debate. Todos los presentes, y los que participaron desde su casa por teléfono (un miembro de D´Nash o Malena Gracia) compartían la misma postura: el Chiki Chiki fue una vergüenza para España con la que se han enriquecido unos cuantos. Puede que en parte tengan razón, pero es la vergüenza que democráticamente eligieron los que se interesaron por nuestro candidato a Eurovisión. Ese detalle tardaron 40 minutos en siquiera mencionarlo. Por supuesto, los argumentos que usó el programa para criticar al personaje creado por El Terrat estaban a la altura del intelecto de los presentes. Para sostener tanta bobada no dudaron en obviar todo tipo de detalles, como que por ejemplo el puesto de España fue el mejor de los últimos 4 años, que los representantes de otros años han sido infinitamente más vergonzosos para nuestro país o que España no hubiera quedado mejor llevando a cualquier otro cantante ya que la gente vota por afinidad política y cercanía geográfica (el festival está muerto, pero eso es otro tema). Es más, estaba presente Remedios Amaya, que fue a Eurovisión en 1983 y volvió a España sin ni siquiera puntuar, lo que tiraba por tierra que nuestro dieciseisavo puesto fuera culpa del pobre Rodolfo. Tenían a la contradicción hecha mujer sentada en la mesa, pero ni aún así la quisieron ver.
También increíble que fueran Malena Gracia, Las Supremas de Móstoles (invitadas al programa) o
un miembro de los ridículos D´Nash los que se lamentaran por los “tantísimos cantantes buenos” que no habían podido ir a Eurovisión por culpa de Chikilicuatre. O bien son Malena, Las Supremas y D´Nash unos hipócritas por haber intentado bloquear a los “tantísimos cantantes buenos” (yendo o intentando ir a Eurovisión), o bien ellos mismos se consideran buenos… También alguien dijo que por culpa de la actuación del sábado, en Europa se iban a pensar que “estamos así”. No sé exactamente a qué se refería, pero confío en que Europa no piense en cómo estamos basándose en la actuación de D´Nash, Son de Sol, Las Ketchup, Nina, La Década Prodigiosa o David Civera.
Dice hoy El Mundo, en su segundo editorial, que lo de Chikilicuatre fue “uno de los episodios más cutres y denigrantes que se recuerdan para la imagen de España” y que es “un engendro” y que “supone un monumento al mal gusto y al desprecio por el talento musical y el idioma”. Dice también que Chikilicuatre fue elegido por personas que desprecian Eurovisión que lo votaron por “un sentido elitista de la cultura o por gamberrismo”. ¿Gamberrismo? Casi delincuencia, ¿no?. El periódico debería distinguir entre gamberrismo y sentido del humor. Por supuesto que el festival es despreciado por muchos de los que votaron a Chikilicuatre. Pero es que Eurovisión se ha ganado a pulso durante años el ser despreciable. No pretenderá ahora El Mundo que consideremos que Eurovisión es a la música lo que los JJ.OO. al deporte o la Eurocopa al fútbol. No pretenderá el periódico que olvidemos las decenas y decenas de actuaciones patéticas (españolas y no españolas) que han visto nuestros ojos edición tras edición y que en ocasiones se han alzado con la victoria.
Dice también el periódico que, a diferencia de España, “los países del Este sí se lo tomaron en serio, y Rusia y Ucrania lograron el primer y segundo puesto con buenas actuaciones”. Sí es cierto que Rusia y Ucrania presentaron buenas canciones (para el penoso nivel del festival, claro), pero obviar que su primer y segundo puesto se debieron sobre todo a cuestiones geopolíticas debería avergonzar sobremanera al responsable del editorial (y al periódico que lo firma). El editorial sigue lamentando que “unas votaciones en las que rigen ciertos mecanismos de amiguismo y vecindad” y el hecho de que España pasara a la final directamente “facilitaron que tan sonrojante representación quedara en el décimosexto puesto de la tabla”. Vaya, ahora el editorialista, de forma torticera y falsaria, se acuerda de las cuestiones de “amiguismo y vecindad”. Rusia y Ucrania, que se votaron entre sí y que recibieron votos de (entre otros) Letonia, Lituania, Estonia, Bielorrusia, Georgia, Armenia o Azerbayán (por no hablar de Moldavia, Polonia o Finlandia…), quedaron bien porque presentaron buenas canciones. España consiguió quedar en el puesto 16 (y no última) porque tiene vecinos y amigos, claro. Que en La Noria no les moleste tomar el pelo al público se sabe y se espera. Pero que un periódico como El Mundo presente este tipo de editoriales con unos argumentos de patio de colegio no tiene justificación alguna. Lamentable.
Chikilicuatre fue creado para Eurovisión, fue elegido democráticamente y cumplió con el lema de la gala de selección de nuestro representante para el festival: “salvemos Eurovisión”. Hasta 14 millones de personas vieron su actuación. Que una empresa privada se enriquezca con un producto que ha creado es algo absolutamente legítimo. Todos los que pasan por Eurovisión lo hacen con fines lucrativos o para promocionar su carrera (algo igualmente lucrativo). Y todos cobran por sus discos, por supuesto. La gente no está obligada a comprarlos, ni a seguir el festival. Y lo cierto es que conseguir crear de la nada un fenómeno como el Chiki Chiki está a la altura solamente de personas brillantes. El fenómeno solamente se crea cuando la gente quiere. La gente ha elegido a su representante y se ha reído de un festival siempre mediocre. Todo ha sido una cuestión de oferta y demanda que unos pocos, que se llenarán la boca en otras ocasiones hablando de democracia, no quieren entender.
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